¡Canta, ríe, baila, comparte, ama!

¡Canta, ríe, baila, comparte, ama!

¡Canta, ríe, baila, comparte, ama!

Un recuerdo bastante recurrente que me llega de mis tres o cuatro años es el que sigue. Me encuentro en una pequeña casita que mi padre ha construido para mí; en algunos momentos ociosos, entro en ella, y un mundo sin límites se abre ante mí, y de pronto me veo surcando las más extraordinarias fantasías en las que yo siempre asumo un papel relevante. Me siento plenamente feliz, pues puedo abrazar todo lo que en ese momento soy capaz de desear.

En una ocasión, quise hacer partícipe de esa conmovedora experiencia a mi mejor amigo, y lo llevé hasta allí para mostrarle semejante edén; por el camino, ya le había ido poniendo en antecedentes de lo que podríamos encontrarnos. Apenas entrar a mi diminuta casita, soltó, en un tono entre desenfadado y molesto, pensando que tal vez le habría querido gastar una broma: “¡Vaya tontería!; ¡si sólo hay tres piedras y unos pocos retazos de madera.”

He vuelto muchas veces a ello. Y estoy convencido de que la felicidad es un estado personal, y tal vez intransferible. Y tampoco es un estado permanente, sino que está hecha de pequeños momentos.

Investigaciones más o menos recientes nos han ido aclarando algunas cuestiones sobre la felicidad, y que paso a comentar ahora. El estado de felicidad aporta beneficios innegables a la persona. Sabemos que las personas felices poseen un mejor sistema inmune, luego enferman menos. Y no sólo eso, sino que viven más y mejor; como media, llegan a alargar su vida entre 7 y 10 años con respecto a la media de la población.
Algo que también conocemos es que nuestro cerebro, evolutivamente, no ha sido diseñado para que seamos felices; sabemos que está más preparado para procesar emociones negativas; es más sensible a ellas que a las positivas. Parece que, evolutivamente, esos patrones nos han ayudado a sobrevivir. Es por ello que de las seis emociones básicas conocidas, cuatro de ellas son negativas (tristeza, ira, miedo y disgusto), a una se la considera neutra (sorpresa), y sólo una es positiva (precisamente la felicidad).

¿Pero en qué consiste esa emoción denominada felicidad? Pues podemos entenderla como un estado de satisfacción global de nuestro ser que se deja notar a nivel físico, a nivel mental y emocional, y también a nivel espiritual. Jean Paul Sartre decía de la felicidad que no es hacer lo que uno quiere, sino querer lo que uno hace. Me gusta esa forma de entenderla, pues implica que es algo que no viene determinado desde fuera, sino que depende solamente de nosotros, nace del interior; y no dejo de volver a mis gratos recuerdos de los tres o cuatro años.

Hay personas que confunden la felicidad con el placer. Claro que el placer es importante; es un sentimiento que nos informa de que estamos cumpliendo o alcanzando aquello que esperábamos, y cada cual puede ponerse el ejemplo que desee: el placer que aporta una buena comida, el placer de abandonarse a una buena lectura, el placer sexual… Decía que el placer está bien, pero no aporta felicidad; la felicidad cumple, al menos, las siguientes condiciones:

  • Instaura orden en nuestra mente, mientras que el placer no es capaz de hacerlo.
  • Nos lleva mucho más allá de las metas que nos habíamos marcado.
  • Nos enriquece como personas.

Cuando somos felices, ni siquiera lo sabemos; quiero decir que no somos conscientes de ello; es más tarde cuando caemos en cuenta de que lo hemos sido.
Los efectos de la felicidad (felicidad o disfrute, ya que son términos próximos) no se evaporan cuando algo gratificante acaba, como ocurre con el placer; sus efectos permanecen en el tiempo. Y aunque no nos percatemos de que estamos siendo felices, varias cosas están ocurriendo para que ello sea así:

  • Pues que toda nuestra energía la volcamos en eso que estamos haciendo: estar con la persona amada, escribir, crear, interpretar música, bailar, trabajar en algo…
  • Nuestra atención se vuelca toda ella en eso que estamos haciendo: si estamos con esa persona tan especial, incluso en silencio, la luz que emana de su mirada nos inunda de paz, de misterio, de lunas llenas, de polvo de estrellas… y el tiempo se detiene.
  • En esos momentos, además, estamos cultivando nuestras fortalezas, nuestras mejores habilidades, aquello que mejor sabemos hacer, ya sea amar, conversar, compartir, bailar, escribir, o desarrollar una tarea determinada que requiere de habilidades muy especiales que venimos adiestrando desde hace tiempo.

Y lo que más me gusta de todo cuanto acabamos de comentar, y es algo que desconocen muchas personas: que ese tipo de experiencias felices no yacen determinadas ni por la edad, ni por el sexo, ni por el nivel cultural, ni por la clase social…; luego están al alcance de cualquiera.

Entonces, ¿por qué no hay más personas felices? Pues parece que el principal enemigo de la felicidad es la tristeza. Según un estudio de 2015, realizado por la LSE y la OCDE, tanto la ansiedad como la depresión podrían explicar hasta el 20% de nuestras miserias humanas; yo diría, incluso, que más de ese 20%. ¿Y el dinero? ¿Es verdad que el dinero aporta la felicidad, como así lo cree una gran mayoría de gente? Pues tampoco. ¿Sabíais que sólo el 1% de los multimillonarios de todo el mundo son felices?; y estos seguramente lo serían aunque no fueran millonarios. Además, las personas con mucho dinero está claro que tienen más opciones para elegir; pues ahí va otra evidencia científica que la neurociencia nos sirve en bandeja: cuantas más opciones para elegir tienen las personas, menos felices son (y no dejo de recordar aquella plenitud ideal de mis primeros años cuando, en mi pequeña casita, únicamente estaba rodeado por tres piedras de río, sólo tres, y unos pocos trozos de madera, y lo tenía todo todo).

En relación con todo ello, hay otro estudio reciente, realizado por la Universidad de Columbia que, tras haber encuestado a 12.291 personas, concluye que el dinero lo único que hace es disfrazar los sentimientos de tristeza de la gente. Y entonces yo añado: el mejor abordaje de la tristeza no es intentar disfrazarla con dinero, sino acercarse a ella, hacerse amigo de ella, hablar y conversar con ella, como sentimiento importante que ha llegado a nuestras vidas. ¿Que cómo se puede hablar y hacer las paces con ese sentimiento negativo? Hay ejercicios de introspección muy sencillos, que en otra ocasión podríamos abordar; pero podría ser algo tan simple como esto: “Sé, tristeza, que estás aquí ahora conmigo, pues has venido a visitarme, y voy a cuidar de ti, porque eres algo importante en mi vida; no, no quiero desterrarte de mí, tan sólo quiero acercarme, mirarte a la cara, escucharte, y sentirte cerca, porque formas parte de mí.”

Finalmente, el último estudio comentado también aclara que aquellas personas que comparten su dinero con otras (ahí están el altruismo, la empatía…), y más si son éstas son necesitadas, acaban siendo más felices; ahí está lo de hacer algo importante que dé sentido a nuestra vida.

Como conclusión, sí aportan felicidad factores como saber aplazar las gratificaciones (de nuevo nos encontramos de bruces con el placer), el altruismo y la empatía, las previsiones de futuro, la esperanza, el sentido del humor, y muy especialmente lo comentado antes: el llevar al límite nuestras habilidades o fortalezas. Así que, después de todo, te animo a que cantes, a que rías, a que bailes, a que ames, a que compartas lo mejor de ti… Pero no estés pendiente de ello; hazlo por el placer de reír, de compartir, por el placer de liberar tus mejores potencialidades, por el placer de ser tú misma, tú mismo, en tu más pura esencia, y entonces, sin saberlo, ese placer quedará trasmutado en felicidad, y ésta se quedará instaurada en tu vida para siempre. Que así sea.

Quino Villa.
Maestro, psicólogo y sexólogo.

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