Los hijos de la Generación F

Los hijos de la Generación F

Nuestros hijos no saben cómo afrontar el mundo fuera de la burbuja de sobreprotección en la que viven. La clave para que maduren y lleguen lejos es dejar que tropiecen y se caigan.

Los padres queremos siempre lo mejor para nuestros hijos. Y pensamos que hacemos lo mejor dándoles todo lo que podemos, “Que no les falte nada” nos parece la mejor manera de demostrar que les queremos. Y en este afán, regalamos a nuestros hijos un bienestar que a ellos no les cuesta nada, sin preguntarnos si lo merecen o si les conviene. En demasiadas ocasiones, ahorramos a nuestros hijos las dificultades y resolvemos sus problemas, demostrando así que les queremos.

Nuestra obsesión de padres por crear un espacio seguro para nuestros hijos está siendo más dañino de lo creemos, un comportamiento sobreprotector quita a nuestros hijos la oportunidad de hacerse con las herramientas necesarias para salir adelante en la vida. Lo más cierto que tenemos los padres es que un día nuestros hijos nos dejarán para hacer su vida. Y por eso, lo más inteligente que podemos hacer es educarles en la autonomía, capacitarles para la independencia.

Cuando no se permite a hijos que, de forma controlada, vivan sus propias dificultades, decidan y se equivoquen, se les está protegiendo en exceso. Y el resultado es la inmadurez emocional. Para que un adolescente pueda competir en bicicleta, hace falta que unos años antes sus padres le quitaran a su bici las ruedecitas de apoyo y que le permitieran caerse para vivir el dolor del traspiés y así aprender la urgencia de sostenerse.

Los padres lo sabemos muy bien y por eso podemos transmitir a nuestros hijos que la alegría, la diversión y la satisfacción en la vida están ligados con el de esfuerzo, el sacrificio y la frustración. Si acostumbramos a los niños desde pequeños a obtener de forma inmediata todo lo que piden, les estaremos haciendo un flaco favor. Es importante formar niños con capacidad para sobreponerse de los fracasos y con tolerancia a la frustración, ya que estas competencias serán fundamentales en sus vidas adultas. En cuestión de dar, casi siempre menos es mejor que más, pasarlo mal y conocer el valor que tienen las cosas es importante para saber que la vida no es un camino de rosas.

Pero ahí están nuestros hijos: con su celular último modelo, su computadora personal, su armario lleno de zapatillas y ropa de moda que usted de niño ni soñó… Pero con todo eso que tienen, no parecen capaces de tomar el timón de sus vidas. Son hijos de la generación F (de fácil): les sobran medios para vivir, pero les faltan habilidades para abordar la vida.

La enseñanza más valiosa que los padres podemos dejar a nuestros hijos son: la capacidad para encajar frustraciones, la destreza para enfrentarse a los problemas de surgen en el camino, la habilidad para conseguir la versión más positiva de sí mismos. Así se educan adolescentes disciplinados y motivados.

Los adolescentes de la generación F, nacidos al comenzar el siglo XXI, tienen casi todo, pero flaquean en aspectos claves de su vida emocional. Valores como la constancia, la empatía, el carácter o el espíritu de superación apenas emiten señales en sus vidas. Muchos son adolescentes manipulables, incapaces de mantener su posición y resistir la presión de grupo.

Cuesta aceptarlo, pero la culpa la tenemos los padres.

  • Sembramos sobreprotección y cosechamos inmadurez.
  • Les dimos todo y les exigimos nada.
  • Les regalamos cosas, pero les negamos tiempo.
  • Les vendimos la idea de que en la vida hay que ser feliz sí o sí pero no les enseñamos cómo.
  • Les hicimos creer que ser feliz consiste en no tener ningún problema.

Y el resultado está a la vista: son los hijos de la generación F (de fácil) o C (de cristal), como quiera usted llamarla.

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